El monje, de Gabriel José García García.

<<… Una tarde mientras visitabas un recinto de pagodas en Tailandia, vi la escena del monje. ¿Dormía, meditaba, soñaba…? Quién sabe. De repente, vi cómo quería componer la fotografía, y también imaginé un cielo reventado para darle un aire onírico. Y este fue el resultado.

         Es una de las fotografías que forma parte de un proyecto fotográfico en el que estoy trabajando: “Oriente. El ritmo de lo cotidiano”. Es un proyecto realizado durante varios años en diferentes viajes que he realizado por China y el Sudeste asiático…>>

Gabriel José García García

Análisis de la imagen

Cómo escribía yo en el texto de introducción de este apartado del block: la fotografía es la magia, el mito. Gabriel García lo demuestra aquí con su manera de ver la fotografía y cómo se expresa a través de ella. Si la fotografía en blanco y negro nos lleva a algunos de la mano hacia el mundo interior, del pensamiento, de la abstracción y del concepto; el color nos llena de vida, pues la vida es en color, vemos en color y el color forma parte de nosotros. El mundo fotográfico de Gabriel García va un poco más allá de la vida misma, del color en su modo más vivo. Su manera de expresarse, de cómo maneja los matice, nos abre, me abren también, un mundo de pensamiento, de introspección, de conceptos, su mundo interior. Y esto ocurre, no sólo en esta maravillosa imagen que nos trae aquí García, sino en toda su obra que, como bien dice con sus palabras, nos abre una puerta, su puerta, hacia la visión onírica del mundo, o al menos de su mundo particular, el mundo del yo y mi momento.

Contextualicemos pues la imagen: la fotografía que nos presenta aquí Gabriel José García García (Gabi para mi), es una fotografía que podemos encuádrala temáticamente dentro del reportaje viajero y social. Es una imagen muy descriptiva y representativa de su proyecto “Oriente, el mundo de lo cotidiano”, obra bastante extensa e interesante.

 Con El moje, titularía yo esta fotografía, nos quiere mostrar aquí Gabriel, un trabajo en color de matices fríos, casi apagados, quieto, sosegado, como un medio apto para la introspección, el cual nos frece en una primera impresión, pero a la vez abierto y accesible al observador. La imagen nos muestra al mismo Gabriel. Para mí, el monje representa a la perfección el carácter de García, pues así lo veo yo a él, quieto, tranquilo, amable, sosegado, introspectivo y bueno.

Gabi huye de la técnica, emperadora absolutista de la era digital, para centrarse muy de lleno en el contexto, con un halo muy potente de naturalidad, impregnando la imagen de poesía, haiku diría yo más bien, por su simplicidad, a la vez potente y velado mensaje.

Morfológicamente, la toma nos invita a dialogar con ella. Un único y principal personaje, un monje, una persona en situación meditativa, en estado de introspección talvez o quizás simplemente inmiscuido en sus propios pensamientos. Un monje joven, ajeno a todo lo que le rodea, sentado en un sillón metálico, descalzo, con el pie derecho sobre una sandalia y el izquierdo apoyado en un pilar de una valla; la cabeza erguida y los ojos cerrados. Está solo y ajeno al resto del mundo. Vestido con su túnica de color anaranjado pálido, con matiz casi amarillo, situado en el tercio inferior izquierdo de la composición, en una terraza baldosada de color gris con matices azulados. Ésta está protegida por una balaustrada que imita a troncos y ramas de árboles. La balaustrada, en segundo plano, abarca toda la centralidad de la imagen, de izquierda a derecha, formando ahí un ángulo de continuidad para perderse en la esquina inferior del tercio derecho. Esto aporta cierto grado de solidez a la escena y asienta al personaje separándolo del resto de la composición. En tercer plano podemos observar otro elemento importante, que aporta el equilibrio necesario; un árbol no muy grande, que soporta el peso en todo el margen derecho de la imagen. A sus pies, sirviendo de fondo a la balaustrada, un matorral cuya extensión es la misma que la de ésta. La composición se remata con un fondo neblinoso, apagado, un cielo gris, sin nubes; sólo la leve silueta de lo que se sospecha un paisaje de bosque montañoso no muy lejano, como si el lugar estuviese inmerso, inmiscuido en esa ensoñación natural, como un todo envolvente menos el primer plano.

La fotografía goza de una puesta en escena con todos sus elementos bien ordenados, una composición fotográfica bien equilibrada en la cual todos ellos llenan los espacios precisos y pertinentemente colocados en el lugar que le corresponde, superponiéndose unos a otros en capas, en planos bien definidos, pero sin estorbarse, más bien complementándose. La escena nos sugiere todo un relato fotográfico.

Aunque la escena está iluminada tenuemente, la luz la llena por completo el primer plano, no se escapa nada a la percepción de los elementos, nada queda en penumbras, todo se ve claramente, incluso detrás del fondo brumoso. La dirección de la luz la podemos intuir frontal, ya que se aprecian delicadamente las sombras del monje, la balaustrada, la silla y el árbol, las cuales refuerzan el ambiente onírico de la composición. No existen luces altas ni sobras bien definidas, sólo levedad, una levedad que impregna la fotografía con un halo de reflexión, paz y tranquilidad.

La suave saturación de colores, seña propia de las composiciones fotográficas del autor en toda su obra, le da al relato un carácter cuasi conceptual que, sin dudas, si la saturación fuese más patente, no tendría mucho sentido de ser esta fotografía ya que, con la saturación de color, hubiera perdido absolutamente su carácter onírico. La ligera levedad cromática del fondo potencia los elementos principales de la composición, monje, árbol y valla, porque son estos elementos precisamente, los que nos transmiten el punto de calidez y la fuerza que necesita la foto en un ambiente más bien apagado. Bajo mi punto de vista, le viene muy bien ese leve desaturado, refuerza al tema, aporta un plus de eficacia a la fotografía y a lo que su autor quiere transmitirnos en ella.

Nos hallamos ante una fotografía figurativa, formalmente simple y bien ordenada, con mucha eficacia comunicativa, a pesar de contar con los mínimos recursos formales que una composición compleja requiere. Gabriel García nos cuenta aquí una gran historia, una elegante paz interior, paz interior que el mismo autor desprende de su mismo carácter. Conozco a Gabi, podría cambiar al monje por él y la fotografía seguiría teniendo la misma fuerza, seguiría contando la misma historia y transmitiendo la misma paz.

La composición tiene una perspectiva y un ritmo muy relevantes, de las cuales somos muy conscientes en este corto análisis, la disposición de sus elementos principales y la iluminación concuerdan en el tempo y nos adentran de lleno en la actitud del monje, en su relato. La composición se articula geométricamente muy bien coordinada y las líneas están bien definidas y separadas entre sí. La tensión compositiva está muy equilibrada entre la pasividad del monje y el árbol. Los pesos de la composición, todos los elementos entre sí, están bien equilibrados, tanto en el personaje como en los elementos estáticos. Todo ello a la fotografía una fuerza expresiva muy potente, nos envuelve y nos adentra en ella sin necesidad de un alto dinamismo escénico.

Diciembre de 2020

José G. Granado.

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